Cuando pensamos en la explotación de animales no humanos para alimentación, es fácil que pensemos directamente en carne, pescado, leche, huevos y miel. Por desgracia, el especismo se materializa en este campo de muchas más maneras. Aquí recogemos algunas, quizá las más comunes o que más han llamado nuestra atención.

Gelatina

La gelatina es un ingrediente incoloro, translúcido, quebradizo e insípido que se utiliza habitualmente en dulces como el áspic, la crema bávara, las gominolas o el postre de gelatina. También se utiliza como estabilizante, espesante o texturizador en ciertos productos como el yogur, el queso o la margarina; en varios tipos de “dumpling” de la gastronomía china; o como clarificador en algunos zumos, vinos o cervezas. [1] Respecto a sus usos no alimentarios, podemos encontrar gelatina en las cápsulas de muchos medicamentos, en algunos pegamentos, en películas fotográficas o en diversos cosméticos, entre muchos otros usos. [2]

La gelatina se obtiene de diferentes partes de los cuerpos de animales no humanos destinados a la obtención de carne, como el colágeno de la piel, el hueso, las pezuñas o los tendones.

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Paté

El paté es una pasta elaborada habitualmente a partir de carne picada o hígado (normalmente de cerdas o patos) y grasa, siendo frecuente que se le añadan verduras, hierbas, especias y vino. En su versión industrial suele contener un porcentaje incierto de descartes de la industria cárnica (hígado, grasas, tocino y otros “subproductos”) junto con otros ingredientes y aditivos como sal, harina, huevo, leche, cebolla, ajo, especias, nitritos o glutamato monosódico.

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Foie Gras

El foie gras, que en francés significa “hígado graso” es un producto considerado “gourmet” proveniente del hígado hipertrofiado de una pata o gansa que haya sido sobrealimentada. Se utilizan a estas aves porque, al ser migratorias, tienen una especial capacidad para acumular grasa en el hígado sin enfermar, ya que la emplean posteriormente en sus largas migraciones. [3]

Las aves llegan a las granjas a las 24 horas de haber nacido. A los cuatro meses de vida se las encierra en jaulas individuales o colectivas en las que son alimentadas de forma forzada con un tubo metálico de 30 centímetros. Durante varias semanas la ración va aumentando progresivamente. La alimentación excesiva causa que sus hígados crezcan mucho más de lo normal, llegando a pesar varias veces más de lo que pesaría de forma natural y provocando el aprisionamiento de otros órganos como el corazón o los pulmones.

En la actualidad, la producción de foie gras está prohibida en más de 15 países, incluyendo Alemania, Argentina, India, Italia o Gran Bretaña [4].

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Trufas

Las trufas son un tipo de hongo comestible que se encuentra bajo tierra. Es un ingrediente muy apreciado en la gastronomía europea, particularmente en Portugal, Francia, Italia y el Estado español.

Aunque la trufa sea un hongo, es decir, un alimento que no proviene del cuerpo de ningún animal, también conlleva cierta explotación: como crecen bajo tierra y no hay ninguna forma visual de detectar dónde se encuentran, es necesario utilizar a ciertos animales no humanos para que las detecten por el olfato. Entre estos animales se encuentran los perros, utilizados en Italia y en el Estado español; las cabras, utilizadas en Cerdeña; y los cerdos y jabalíes; utilizados en el Périgord. [5] Normalmente se selecciona a los individuos con las mejores características para realizar este trabajo (inteligencia, obediencia, un sentido del olfato desarrollado…), a los que se entrena desde una temprana edad (de 12 a 16 semanas) y durante varios años. Estos animales, dada su importancia para la recolección de las trufas y el coste de su entrenamiento, pueden llegar a venderse por miles de euros.

Esto supone la utilización de un animal no humano como una herramienta al servicio del ser humano, al margen de sus intereses y teniendo solamente en cuenta el beneficio económico. Además, es una práctica que contribuye a la cría selectiva y la compraventa de animales no humanos.

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Insectos

La entomofagia (ingesta de insectos, arácnidos o artrópodos en general) no es habitual en la mayoría de los países occidentales, pero sí en muchos países de América Central y del Sur y Asia. [6] Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), existen más de 1.900 especies de insectos consideradas comestibles, de las que se alimentan 2.000 millones de personas a nivel global. [7] Históricamente existen referencias de entomofagia en todo el mundo, incluida Europa. En la Grecia antigua, por ejemplo, consumir cicadas se consideraba una exquisitez, como dejó constancia Aristóteles en su obra “Historia Animalium” (384-322 a.E.C.). Aun así, en algún momento de la historia el consumo de insectos se convirtió en tabú en la dieta occidental, probablemente coincidiendo con la expansión de la agricultura y la ganadería, que sustituyeron la caza y la recolección como principal fuente de alimento. Al disminuir el consumo de insectos y aumentar el consumo de otros animales considerados ganado, comenzamos a percibirlos menos como alimento y más como plagas o vectores de enfermedades.

A pesar de este tabú, hoy en día cada vez está tomando más fuerza la idea de que una solución viable para asegurar un futuro próspero para Europa es empezar a pensar en los insectos como una posible fuente de proteínas y grasas. En 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicó un informe que daba a conocer los supuestos beneficios para los seres humanos y para el planeta del consumo de insectos e instaba a la regularización de esta práctica. [8] En el informe se argumenta, entre otras cosas, que el consumo de insectos podría llegar a ser una solución sostenible y más saludable que la ganadería tradicional al problema de alimentar a una población creciente.

En enero 2018 entró en vigor el Reglamento (UE) 2015/2283, que regula la comercialización de insectos dentro de la Unión Europea y facilita la comercialización de estos animales dentro de la UE, que no solamente se intentarán incluir en las dietas humanas (con cierta resistencia, pues todavía tiene mucho peso el tabú y el asco que sentimos como sociedad ante la idea de llevarnos un insecto a la boca) sino también en las de los animales no humanos encerrados en explotaciones ganaderas como pollos, gallinas o cerdas. [9]

Dentro del Estado español existen varias empresas y asociaciones que se dedican a criar, comercializar insectos y/o promover su consumo, como la Asociación Profesional Nacional para la Promoción, Innovación y Desarrollo de la Insecticultura en España (Aproinsecta), o las empresas MealFood Europe o BioFlyTech. A nivel legal, aunque hasta finales de 2019 estaba permitida la comercialización de insectos para consumo humano procedentes de Bélgica, Austria, Finlandia, Dinamarca, Reino Unido y Holanda, actualmente ya no se permite bajo ninguna circunstancia, al menos de momento. Sí se permite su cría y comercialización para alimentar a animales procedentes de la acuicultura o la ganadería, negocio que está creciendo rápidamente, especialmente en Andalucía. [10]

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Carmín de cochinilla

El carmín es un pigmento de un color rojo intenso que se extrae de un insecto llamado cochinilla. Se utiliza como colorante en varios alimentos como conservas, zumos, vinos, helados, yogures, mermeladas o caramelos bajo el nombre E120 o, fuera de la UE, colorante rojo natural nº4. En ámbitos no alimentarios se utiliza como pigmento en pinturas, tintas, cosméticos y algunos medicamentos.

Las cochinillas se crían principalmente en Perú, Chile y las Islas Canarias en plantaciones de nopales, su hábitat de preferencia, donde se colocan expresamente para recogerlas al cabo de 90 días. Para obtener el pigmento los insectos se secan al sol, se aplastan y se hierven en una solución ácida. Hace falta asesinar a 70.000 insectos para obtener alrededor de una libra (454 gr) de carmín [11].

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